Vivimos esperando crecer para cumplir nuestros sueños y cuando tenemos más años, nos faltan la fuerza y la ilusión para creer en los mismos.
Vivimos deseando que amanezca y nos perdemos el silencio de la noche, la hermosura de la luna, el brillo de las estrellas y la armonía de un mundo que duerme.
Vivimos un lunes rogando que llegue el viernes, y nos privamos de cada día, la semana se hace insoportable y el sábado una tortura porque pasado mañana será nuevamente lunes.
Vivimos aguardando una ocasión especial para salir, para darnos los gustos, para disfrutar y no entendemos que cada minuto es un momento especial.
Vivimos esperando sentir y cuando sentimos esperamos que el otro hable, se decida, exprese, demuestre, se juegue, luche, llame, abrace, de el primer paso, pierda el orgullo, pida perdón o diga adiós y no comprendemos que a veces las cosas empiezan en uno y por uno mismo.
Vivimos deseando otra vida, cuando en realidad no agotamos al máximo la que ya tenemos.
Vivimos (vos, yo, todos) esperando que llegue el día indicado, la persona indicada, el motivo indicado para dar, para intentarlo, para crear una oportunidad y nos olvidamos que mientras tanto la vida pasa.
Vivimos mezquinando alegría, amor, amistad, sonrisas. Vivimos con el miedo, con el prejuicio, con el autoestima estrujándonos las ganas.
Vivimos a la mitad, dudando en cada paso, preocupándonos por el qué dirán, mirando al piso, negando la mirada, perdiendo el calor de otras personas.
Vivimos de prisa, apurados por llegar a algún lado, pero sin saber bien hacía donde vamos o hacía donde queremos ir.
Pensar que simplemente veníamos para amar y ser amados. Y vivimos malgastando el tiempo, acrecentando distancias, abriendo heridas y llenando olvidos.
Vivimos dejando todo para más tarde y cuando creemos que es tiempo, verdaderamente ya es tarde.
En definitiva: ¿Qué esperas? ¿Qué espero? ¿Qué esperamos? Si este segundo que pasa ya no vuelve y se descuenta de nuestro gran reloj, ¿para qué esperar más? No esperes a mañana, vive y ama hoy…
Vivimos deseando que amanezca y nos perdemos el silencio de la noche, la hermosura de la luna, el brillo de las estrellas y la armonía de un mundo que duerme.
Vivimos un lunes rogando que llegue el viernes, y nos privamos de cada día, la semana se hace insoportable y el sábado una tortura porque pasado mañana será nuevamente lunes.
Vivimos aguardando una ocasión especial para salir, para darnos los gustos, para disfrutar y no entendemos que cada minuto es un momento especial.
Vivimos esperando sentir y cuando sentimos esperamos que el otro hable, se decida, exprese, demuestre, se juegue, luche, llame, abrace, de el primer paso, pierda el orgullo, pida perdón o diga adiós y no comprendemos que a veces las cosas empiezan en uno y por uno mismo.
Vivimos deseando otra vida, cuando en realidad no agotamos al máximo la que ya tenemos.
Vivimos (vos, yo, todos) esperando que llegue el día indicado, la persona indicada, el motivo indicado para dar, para intentarlo, para crear una oportunidad y nos olvidamos que mientras tanto la vida pasa.
Vivimos mezquinando alegría, amor, amistad, sonrisas. Vivimos con el miedo, con el prejuicio, con el autoestima estrujándonos las ganas.
Vivimos a la mitad, dudando en cada paso, preocupándonos por el qué dirán, mirando al piso, negando la mirada, perdiendo el calor de otras personas.
Vivimos de prisa, apurados por llegar a algún lado, pero sin saber bien hacía donde vamos o hacía donde queremos ir.
Pensar que simplemente veníamos para amar y ser amados. Y vivimos malgastando el tiempo, acrecentando distancias, abriendo heridas y llenando olvidos.
Vivimos dejando todo para más tarde y cuando creemos que es tiempo, verdaderamente ya es tarde.
En definitiva: ¿Qué esperas? ¿Qué espero? ¿Qué esperamos? Si este segundo que pasa ya no vuelve y se descuenta de nuestro gran reloj, ¿para qué esperar más? No esperes a mañana, vive y ama hoy…
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